El
actor aparece en una representación
de un cuento, en la que desempeña
el papel de brujo malo. Va envuelto
en una piel de oveja y lleva unos
zapatos demasiado pequeños,
que le aprietan. Todo su traje es
tan incómodo que él
empieza a sudar, pero nadie lo ve
y, sobre todo, ante nadie le gusta
actuar tanto como ante los niños,
porque son el público más
agradecido. Los niños, trescientos,
se asustan cuando él entra
en escena, porque han sido totalmente
conquistados por la joven pareja a
la que él convierte en dos
animales diversos. Preferirían
ver sólo a esa joven pareja,
vestida con sus trajes de colores,
y nada más, pero entonces la
función no sería una
verdadera función y resultaría
al poco rato aburrida, ya que en todos
los cuentos hay siempre un personaje
maligno e impenetrable, que trata
de destruir o, al menos, de ridiculizar,
lo que es bueno y transparente. Cuando
el telón se levanta por segunda
vez, no es posible ya contener a los
niños. Se precipitan de sus
sillas al escenario y parece como
si no fueran ya trescientos sino un
múltiplo de trescientos y,
aunque el actor llora bajo su máscara
y les suplica que dejen de darle patadas
y golpes con objetos duros y metálicos,
no se dejan impresionar y lo golpean
y pisotean hasta que deja de moverse
y sus manos pálidas y mutiladas
quedan en alto en el aire polvoriento
del telar. Cuando los otros actores
acuden presurosos y comprueban que
su compañero ha muerto, los
niños sueltan una monstruosa
carcajada, tan enorme que todos pierden
la razón. |