La
hermana del cura enferma un día
y, cuando puede levantarse otra vez,
la gente se da cuenta de que la enfermedad
le ha atacado el cerebro. Ella hace
cosas que una persona normal no hace
nunca en circunstancias normales.
Por ejemplo, mientras agita una corona
de mirto, atraviesa bailando la plaza
del pueblo, sacando la lengua y emitiendo
sonidos incomprensibles. Ocurre también
que de pronto, durante la santa misa,
se acerque al altar y esparza capullos
de rosa que va sacando de un cestito.
O bien escribe una carta al obispo
en la que le comunica que la Madre
de Dios le ha dicho en el patatal
que vería con gusto que, a
partir de entonces, la autora de la
carta viviera en la iglesia misma.
No es que se rían de ella;
la gente, cobarde, la mira con miedo.
Hace que le cuente historias. Entre
ellas una que dice que todas las noches,
cuando en el pueblo todos duermen
sin excepción, el Salvador
atraviesa la plaza en silencio, seguido
por sus atormentadores, mientras sus
estigmas sangran. Una noche, ella
no aparece para la cena, que se toma
en la cocina de la casa parroquial.
La buscan. Nadie la encuentra. Hasta
la mañana siguiente no la descubren
los niños de la escuela, congelada
en la gran extensión de hielo
que hay detrás de la cervecería.
Alrededor del cuello, como siempre,
lleva un cuello de encaje almidonado.
Tiene los brazos abiertos. El agua
se heló rápidamente. |