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La
violoncelista sabe que entre ella
y el director de la orquesta de opereta
no hay más que asco. Sin embargo,
cada día a la misma hora se
desliza por la puerta de la habitación
de él y se mete en su cama.
El mal de las mujeres de treinta años
se ha apoderado de ella y, por mucho
que trate de defenderse, el proceso
de su destrucción avanza irresistiblemente.
Bajo el techo del Conservatorio, ella
toca incesantes movimientos de sonatas,
en los que se precipita como un animal
para destrozarlos. Pasa hambre con
increíble brutalidad y se queda
borracha en la cama durante días
enteros, para proseguir luego su labor
de aniquilación con tanta mayor
energía. Lo vende todo y se
encuentra de pronto con un solo vestido,
negro y cerrado hasta el cuello. Rompe
su instrumento agarrándolo
por el cuello con ambas manos. Lo
acelera todo. Se ríe. Guarda
silencio. Después de su último
encuentro con el director de la orquesta
de opereta, se sienta en un oscuro
agujero del pasillo sobre una maleta
de artista y llora. |