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El hombre del rostro velado - Marcel Schwob
Del cúmulo de circunstancias que me pierde, no puedo decir nada; ciertos accidentes de la vida humana están tan artificiosamente combinados por el azar o las leyes de la naturaleza como la invención más demoníaca: podríamos lanzar una exclamación, como ante el cuadro de un impresionista que ha captado una verdad singular y momentánea. Pero si cae mi cabeza, quiero que este relato me sobreviva y que aparezca en la historia de las existencias como una rareza verdadera, como una pálida ventana a lo desconocido.

Cuando entré en aquel terrible vagón, estaba ocupado por dos personas. Una, vuelta de espaldas, envuelta en mantas, dormía profundamente. La manta superior estaba salpicada de manchas y tenía el fondo amarillo como una piel de leopardo. Se venden muchas parecidas en las tiendas de artículos de viaje: pero puedo decir además que cuando más tarde la toqué, vi que realmente era la piel de un animal salvaje; también el gorro de la persona dormida, cuando lo observé con detalle, con la agudísima capacidad de visión que obtuve, me pareció que era de un fieltro blanco infinitamente delicado. El otro viajero, de cara simpática, parecía que acaba de traspasar la treintena; por otra parte tenía el insignificante aspecto del hombre que pasa confortablemente las noches en el tren.

El durmiente no mostró su billete, no volvió la cabeza ni se movió mientras me instalaba frente a él. Y cuando me hube sentado en mi asiento, dejé de observar a mis compañeros de viaje para reflexionar sobre diversos asuntos que me preocupaban.

El movimiento del tren no interrumpió mis pensamientos, pero dirigía su corriente de un modo curioso. El canto del eje y de las ruedas, la posición de los raíles, el paso por la unión de los raíles, con el sobresalto que sacude periódicamente a los vagones con mala suspensión, se traducía en un estribillo mental. Era una especie de pensamiento vago que cortaba a intervalos regulares el resto de mis ideas. Al cabo de un cuarto de hora la repetición llegaba a ser obsesiva. Conseguí librarme mediante un violento esfuerzo de voluntad; pero el vago estribillo mental tomó la forma de una notación musical que ya preveía. Cada impacto no era una nota, sino el eco al unísono de una nota concebida de antemano, a la vez temida y deseada; hasta el punto de que aquellos impactos eternamente iguales recorrían la escala sonora más extendida, y correspondían, realmente, con sus octavas superpuestas que la sonoridad de ningún instrumento hubiera podido alcanzar, a las zonas de suposiciones que suele amontonar el pensamiento cuando está en plena actividad.

Acabé por coger un periódico para intentar romper el encanto. Pero líneas enteras se desprendían de las columnas cuando las había leído, y venían a situarse ante mi mirada con una especie de sonido quejumbroso y uniforme, a intervalos previstos y que no podía modificar. Entonces me arrellané en el asiento y sentí un extraño sentimiento de angustia y vacío en la cabeza.

Entonces fue cuando observé el primer fenómeno que me sumió en el asombro. El viajero del otro extremo de vagón, tras elevar el asiento y fijar la almohada, se tumbó y cerró los ojos. Casi en el mismo momento el durmiente que estaba frente a mí se levantó sin hacer ruido y corrió sobre el globo de la lámpara la cortinita azul corrediza. En aquel movimiento yo le tenía que haber visto la cara, y no se la vi. Distinguí una mancha confusa, del color de un rostro humano, pero en la que no pude apreciar el menor rasgo. La acción se había realizado con una rapidez silenciosa que me dejó estupefacto. No había tenido tiempo de ver al durmiente de pie y ya no veía sino el fondo blanco de su gorro por encima de la manta atigrada. El hecho era insignificante, pero me perturbó. ¿Cómo el durmiente había podido comprender tan rápidamente que el otro había cerrado los ojos? Había vuelto la cara hacia mí, y no la había visto; la rapidez y el misterio de su gesto eran indecibles.

Ahora una sombra azul flotaba entre los asientos acolchados, apenas interrumpida de cuando en cuando por el velo de luz amarilla proyectado desde el exterior por un farol de aceite.

El círculo de pensamiento que me obsesionaba volvió a medida que el traqueteo del tren crecía en el silencio. La inquietud del gesto lo había fijado, y multitud de historias de asesinos en ferrocarriles surgían de la oscuridad, lentamente modificadas a modo de melopeas. Un miedo cruel me oprimía el corazón, más cruel cuanto más vago, porque la incertidumbre aumenta el terror. Visible, palpable, sentía cómo se alzaba la imagen de Jud –un rostro delgado con ojos hundidos, pómulos salientes y una sucia perilla -, la figura del asesino Jud, que mataba, de noche, en los vagones de primera y al que jamás cogieron después de su evasión. La sombra me ayudaba a trasladar aquella figura a la forma del durmiente, a pintar con los rasgos de Jud la mancha confusa que había visto a la luz de la lámpara, a imaginarme bajo la manta atigrada a un hombre agazapado, dispuesto a saltar.

Entonces tuve la violenta tentación de abalanzarme al otro extremo del vagón, sacudir al viajero dormido y gritarle queme hallaba en peligro. Un sentimiento de vergüenza me retenía. ¿Acaso podía explicar mi inquietud? ¿Cómo responder a la mirada sorprendida de aquel hombre bien educado? Dormía apaciblemente con la cabeza en la almohada, cuidadosamente tapado, y las manos enguantadas cruzadas sobre el pecho: ¿con qué derecho iba yo a despertarle sólo porque otro viajero había corrido la cortina de la lámpara? ¿No había ya algún síntoma de locura en mi mente, que se obstinaba en vincular el gesto d el hombre con el conocimiento que él pudiera tener del sueño del otro? ¿Acaso no eran dos hechos diferentes que pertenecían a series distintas, que sólo acercaba una simple coincidencia? Pero mi temor se aferraba y se obstinaba en aquella idea; hasta tal punto que, en el rítmico silencio del tren, sentí que me latían las sienes; una ebullición de mi sangre, que contrastaba dolorosamente con la calma exterior, hacía que los objetos dieran vueltas a mi alrededor, y acontecimientos futuros y difusos, pero con la precisión adivinada de las cosas que están a punto de llegar, cruzaban mi cerebro en una procesión sin fin.

Y de golpe me invadió una profunda calma. Sentí que la tensión de mis músculos se relajaba en un total abandono. El remolino de mi pensamiento se detuvo. Experimenté la caída interior que precede al sueño y al desvanecimiento, y realmente me desvanecí con los ojos abiertos. Sí, con los ojos abiertos y dotados de una fuerza infinita de la que se servían sin esfuerzo. Y la calma era tan absoluta que era incapaz, al mismo tiempo, de gobernar mis sentidos o de tomar una decisión, incluso de representarme una idea de actuación que me hubiera pertenecido. Aquellos ojos sobrehumanos se dirigieron solos al hombre de la cara misteriosa, y, aunque atravesaban los obstáculos, los percibían. Así supe que estaba mirando a través de la piel de leopardo y a través de una máscara de seda del color de la piel humana, crespón que cubría una cara morena. Y mis ojos encontraron inmediatamente otros ojos de un insostenible brillo negro: vi a un hombre vestido con telas amarillas y botones que parecían de plata, envuelto en un abrigo marrón; sabía que estaba cubierto por la piel de leopardo, pero le veía. También oía (porque mi oído acababa de adquirir una extrema agudeza) su respiración ansiosa y jadeante, semejante a la de alguien que hiciera un esfuerzo considerable. Pero como el hombre no movía ni brazos ni piernas, debía de tratarse de un esfuerzo interior; y lo era, seguro, porque su voluntad aniquilaba la mía.

En mí se manifestó una última resistencia. Sentí una lucha en la que realmente no tomaba parte; una lucha mantenida por ese egoísmo profundo que jamás llegamos a conocer y que gobierna el ser. Luego multitud de ideas vinieron a flotar ante mi pensamiento; ideas que no me pertenecían, que yo no había creado, en las que no reconocía nada en común con mi sustancia, pérfidas y atractivas como el agua negra hacia la que solemos asomarnos.

Una de ellas era el asesinato. Pero ya no la concebía como una obra llena de terror, ejecutada por Jud, como el resultado de un espanto sin nombre. La sentía posible, con algún viso de curiosidad y un aniquilamiento absoluto de todo lo que hasta entonces había sido mi voluntad.

Entonces el hombre del rostro velado se levantó y, mirándome fijamente bajo su velo del color de la carne humana, se dirigió sigilosamente hacia el viajero dormido. Con una mano le agarró la nuca, firmemente, y al mismo tiempo le metió en la boca un pañuelo de seda. No sentía angustia alguna, ni deseé gritar. Pero estaba cerca y observaba con la mirada triste. El hombre de rostro velado sacó un cuchillo del Turquestán fino, afilado, cuya hoja recortada tenía un canalillo central, y degolló al viajero como se mata a un cordero. La sangre saltó hasta la redecilla de los equipajes. Había hundido el cuchillo en el lado izquierdo y lo llevó hacia él con un golpe seco. La garganta quedó abierta: descubrió la lámpara y vi el agujero rojo. Luego vació los bolsillos y hundió las manos en el charco de sangre. Vino hacia mí, y soporté sin rebelarme que me embadurnara los dedos inertes y la cara, en la que ni un músculo se movía.

El hombre del rostro velado enrolló su manta, echó a su alrededor su abrigo, mientras yo me quedaba junto al viajero asesinado. Aquella terrible palabra no me impresionaba, hasta que de repente sentí que me faltaba apoyo, y que crecía de voluntad para sustituir la mía, vacía de ideas, en una especie de bruma. Y cuando me fui despertando poco a poco, con los ojos pegados, la boca pastosa, con mi nuca apretada por una mano de plomo, me encontré solo, en el gris amanecer, con un cadáver bamboleante. El tren avanzaba por un campo raso, con bosquecillos desparramados, de intensa monotonía, y cuando se detuvo tras un largo silbido cuyo eco atravesó el aire fresco de la mañana, aparecí estúpidamente en la puerta del vagón, con la cara llena de manchas secas de sangre.
 



El Corazón de las Tinieblas - Radio P.I.C.A (96.6 FM)
Klara Ana Salas Gomez | E-mail: klarabella2001@gmail.com