Del
cúmulo de circunstancias que
me pierde, no puedo decir nada; ciertos
accidentes de la vida humana están
tan artificiosamente combinados por
el azar o las leyes de la naturaleza
como la invención más
demoníaca: podríamos
lanzar una exclamación, como
ante el cuadro de un impresionista
que ha captado una verdad singular
y momentánea. Pero si cae mi
cabeza, quiero que este relato me
sobreviva y que aparezca en la historia
de las existencias como una rareza
verdadera, como una pálida
ventana a lo desconocido.
Cuando entré en aquel terrible
vagón, estaba ocupado por dos
personas. Una, vuelta de espaldas,
envuelta en mantas, dormía
profundamente. La manta superior estaba
salpicada de manchas y tenía
el fondo amarillo como una piel de
leopardo. Se venden muchas parecidas
en las tiendas de artículos
de viaje: pero puedo decir además
que cuando más tarde la toqué,
vi que realmente era la piel de un
animal salvaje; también el
gorro de la persona dormida, cuando
lo observé con detalle, con
la agudísima capacidad de visión
que obtuve, me pareció que
era de un fieltro blanco infinitamente
delicado. El otro viajero, de cara
simpática, parecía que
acaba de traspasar la treintena; por
otra parte tenía el insignificante
aspecto del hombre que pasa confortablemente
las noches en el tren.
El durmiente no mostró su billete,
no volvió la cabeza ni se movió
mientras me instalaba frente a él.
Y cuando me hube sentado en mi asiento,
dejé de observar a mis compañeros
de viaje para reflexionar sobre diversos
asuntos que me preocupaban.
El movimiento del tren no interrumpió
mis pensamientos, pero dirigía
su corriente de un modo curioso. El
canto del eje y de las ruedas, la
posición de los raíles,
el paso por la unión de los
raíles, con el sobresalto que
sacude periódicamente a los
vagones con mala suspensión,
se traducía en un estribillo
mental. Era una especie de pensamiento
vago que cortaba a intervalos regulares
el resto de mis ideas. Al cabo de
un cuarto de hora la repetición
llegaba a ser obsesiva. Conseguí
librarme mediante un violento esfuerzo
de voluntad; pero el vago estribillo
mental tomó la forma de una
notación musical que ya preveía.
Cada impacto no era una nota, sino
el eco al unísono de una nota
concebida de antemano, a la vez temida
y deseada; hasta el punto de que aquellos
impactos eternamente iguales recorrían
la escala sonora más extendida,
y correspondían, realmente,
con sus octavas superpuestas que la
sonoridad de ningún instrumento
hubiera podido alcanzar, a las zonas
de suposiciones que suele amontonar
el pensamiento cuando está
en plena actividad.
Acabé por coger un periódico
para intentar romper el encanto. Pero
líneas enteras se desprendían
de las columnas cuando las había
leído, y venían a situarse
ante mi mirada con una especie de
sonido quejumbroso y uniforme, a intervalos
previstos y que no podía modificar.
Entonces me arrellané en el
asiento y sentí un extraño
sentimiento de angustia y vacío
en la cabeza.
Entonces fue cuando observé
el primer fenómeno que me sumió
en el asombro. El viajero del otro
extremo de vagón, tras elevar
el asiento y fijar la almohada, se
tumbó y cerró los ojos.
Casi en el mismo momento el durmiente
que estaba frente a mí se levantó
sin hacer ruido y corrió sobre
el globo de la lámpara la cortinita
azul corrediza. En aquel movimiento
yo le tenía que haber visto
la cara, y no se la vi. Distinguí
una mancha confusa, del color de un
rostro humano, pero en la que no pude
apreciar el menor rasgo. La acción
se había realizado con una
rapidez silenciosa que me dejó
estupefacto. No había tenido
tiempo de ver al durmiente de pie
y ya no veía sino el fondo
blanco de su gorro por encima de la
manta atigrada. El hecho era insignificante,
pero me perturbó. ¿Cómo
el durmiente había podido comprender
tan rápidamente que el otro
había cerrado los ojos? Había
vuelto la cara hacia mí, y
no la había visto; la rapidez
y el misterio de su gesto eran indecibles.
Ahora una sombra azul flotaba entre
los asientos acolchados, apenas interrumpida
de cuando en cuando por el velo de
luz amarilla proyectado desde el exterior
por un farol de aceite.
El círculo de pensamiento que
me obsesionaba volvió a medida
que el traqueteo del tren crecía
en el silencio. La inquietud del gesto
lo había fijado, y multitud
de historias de asesinos en ferrocarriles
surgían de la oscuridad, lentamente
modificadas a modo de melopeas. Un
miedo cruel me oprimía el corazón,
más cruel cuanto más
vago, porque la incertidumbre aumenta
el terror. Visible, palpable, sentía
cómo se alzaba la imagen de
Jud –un rostro delgado con ojos
hundidos, pómulos salientes
y una sucia perilla -, la figura del
asesino Jud, que mataba, de noche,
en los vagones de primera y al que
jamás cogieron después
de su evasión. La sombra me
ayudaba a trasladar aquella figura
a la forma del durmiente, a pintar
con los rasgos de Jud la mancha confusa
que había visto a la luz de
la lámpara, a imaginarme bajo
la manta atigrada a un hombre agazapado,
dispuesto a saltar.
Entonces tuve la violenta tentación
de abalanzarme al otro extremo del
vagón, sacudir al viajero dormido
y gritarle queme hallaba en peligro.
Un sentimiento de vergüenza me
retenía. ¿Acaso podía
explicar mi inquietud? ¿Cómo
responder a la mirada sorprendida
de aquel hombre bien educado? Dormía
apaciblemente con la cabeza en la
almohada, cuidadosamente tapado, y
las manos enguantadas cruzadas sobre
el pecho: ¿con qué derecho
iba yo a despertarle sólo porque
otro viajero había corrido
la cortina de la lámpara? ¿No
había ya algún síntoma
de locura en mi mente, que se obstinaba
en vincular el gesto d el hombre con
el conocimiento que él pudiera
tener del sueño del otro? ¿Acaso
no eran dos hechos diferentes que
pertenecían a series distintas,
que sólo acercaba una simple
coincidencia? Pero mi temor se aferraba
y se obstinaba en aquella idea; hasta
tal punto que, en el rítmico
silencio del tren, sentí que
me latían las sienes; una ebullición
de mi sangre, que contrastaba dolorosamente
con la calma exterior, hacía
que los objetos dieran vueltas a mi
alrededor, y acontecimientos futuros
y difusos, pero con la precisión
adivinada de las cosas que están
a punto de llegar, cruzaban mi cerebro
en una procesión sin fin.
Y de golpe me invadió una profunda
calma. Sentí que la tensión
de mis músculos se relajaba
en un total abandono. El remolino
de mi pensamiento se detuvo. Experimenté
la caída interior que precede
al sueño y al desvanecimiento,
y realmente me desvanecí con
los ojos abiertos. Sí, con
los ojos abiertos y dotados de una
fuerza infinita de la que se servían
sin esfuerzo. Y la calma era tan absoluta
que era incapaz, al mismo tiempo,
de gobernar mis sentidos o de tomar
una decisión, incluso de representarme
una idea de actuación que me
hubiera pertenecido. Aquellos ojos
sobrehumanos se dirigieron solos al
hombre de la cara misteriosa, y, aunque
atravesaban los obstáculos,
los percibían. Así supe
que estaba mirando a través
de la piel de leopardo y a través
de una máscara de seda del
color de la piel humana, crespón
que cubría una cara morena.
Y mis ojos encontraron inmediatamente
otros ojos de un insostenible brillo
negro: vi a un hombre vestido con
telas amarillas y botones que parecían
de plata, envuelto en un abrigo marrón;
sabía que estaba cubierto por
la piel de leopardo, pero le veía.
También oía (porque
mi oído acababa de adquirir
una extrema agudeza) su respiración
ansiosa y jadeante, semejante a la
de alguien que hiciera un esfuerzo
considerable. Pero como el hombre
no movía ni brazos ni piernas,
debía de tratarse de un esfuerzo
interior; y lo era, seguro, porque
su voluntad aniquilaba la mía.
En mí se manifestó una
última resistencia. Sentí
una lucha en la que realmente no tomaba
parte; una lucha mantenida por ese
egoísmo profundo que jamás
llegamos a conocer y que gobierna
el ser. Luego multitud de ideas vinieron
a flotar ante mi pensamiento; ideas
que no me pertenecían, que
yo no había creado, en las
que no reconocía nada en común
con mi sustancia, pérfidas
y atractivas como el agua negra hacia
la que solemos asomarnos.
Una de ellas era el asesinato. Pero
ya no la concebía como una
obra llena de terror, ejecutada por
Jud, como el resultado de un espanto
sin nombre. La sentía posible,
con algún viso de curiosidad
y un aniquilamiento absoluto de todo
lo que hasta entonces había
sido mi voluntad.
Entonces el hombre del rostro velado
se levantó y, mirándome
fijamente bajo su velo del color de
la carne humana, se dirigió
sigilosamente hacia el viajero dormido.
Con una mano le agarró la nuca,
firmemente, y al mismo tiempo le metió
en la boca un pañuelo de seda.
No sentía angustia alguna,
ni deseé gritar. Pero estaba
cerca y observaba con la mirada triste.
El hombre de rostro velado sacó
un cuchillo del Turquestán
fino, afilado, cuya hoja recortada
tenía un canalillo central,
y degolló al viajero como se
mata a un cordero. La sangre saltó
hasta la redecilla de los equipajes.
Había hundido el cuchillo en
el lado izquierdo y lo llevó
hacia él con un golpe seco.
La garganta quedó abierta:
descubrió la lámpara
y vi el agujero rojo. Luego vació
los bolsillos y hundió las
manos en el charco de sangre. Vino
hacia mí, y soporté
sin rebelarme que me embadurnara los
dedos inertes y la cara, en la que
ni un músculo se movía.
El hombre del rostro velado enrolló
su manta, echó a su alrededor
su abrigo, mientras yo me quedaba
junto al viajero asesinado.
Aquella terrible palabra no me impresionaba,
hasta que de repente sentí
que me faltaba apoyo, y que crecía
de voluntad para sustituir la mía,
vacía de ideas, en una especie
de bruma. Y cuando me fui despertando
poco a poco, con los ojos pegados,
la boca pastosa, con mi nuca apretada
por una mano de plomo, me encontré
solo, en el gris amanecer, con un
cadáver bamboleante. El tren
avanzaba por un campo raso, con bosquecillos
desparramados, de intensa monotonía,
y cuando se detuvo tras un largo silbido
cuyo eco atravesó el aire fresco
de la mañana, aparecí
estúpidamente en la puerta
del vagón, con la cara llena
de manchas secas de sangre. |