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La
bella, rodeada de caballeros, se ve
colmada de atenciones en el salón.
Su amante se le antoja pequeño;
sentado un tanto aparte, totalmente
apocado, él sonríe,
sin embargo, con harta insolencia.
¿Querrá vengarse? Es
raro que un hombre que ama haya negado
conocer el odio. La bella lo ignora,
ella es la homenajeada, a él
no le hacen caso. No obstante, de
rato en rato le lanza una mirada,
quizá con la intención
de ponerlo celoso, con el deseo de
impresionarlo.
Ella está radiante, se siente
muy segura. ¿Acaso no debería
él envidiarla, sentirse abatido?
Ser el personaje secundario en sociedad:
¡qué insoportable!
La bella: Esta noche has desaparecido
literalmente, de pura modestia eres
casi invisible. No se nota tu presencia.
¿Qué estás haciendo?
El amante (mostrándole un pañuelo
de mujer que le había comprado
a una artista de cabaret): ¡Flirteando!
La bella palidece, retrocede, se dirige
hacia los otros serena por fuera,
pero indignada por dentro; está
abatida, pero simula satisfacción.
La pregunta "¿Habrá
dejado de quererme?" la atormenta
más y más cada minuto.
Saber que el fiel estaba ahí
la había aureolado con la certeza
de ser bella. Le exigía demasiado
y se creía con derecho a hacerlo.
A nadie le pedía tanto placer
en la renuncia como a él, ¿y
ahora esa desfachatez? Se sienta y
le lanza miradas de espanto.
El amante (para sus adentros): ¿Qué
no hace uno para eludir el desdén? |