|
|
Florista:
¿Me compra una rosa?
Arthur: No, hoy no.
Florista: Es lo que le oigo decir
cada día. (A Edgar:) ¿Y
usted?
Edgar (compra la rosa y se la da a
la camarera con la que está
hablando).
Arthur: Yo sólo velo por mí,
estoy descontento conmigo, pero eso
causa buena impresión. Esta
camarera es sumamente apetitosa, me
respeta y me tiene rabia. Es mejor
que si me sonriese. En la vida o nos
tienen por bonachones y nos tratan
con negligencia, o nos toman en serio
y nos evitan. Yo prefiero lo segundo.
Hay que resistirse amablemente a las
chicas, eso pone de buen humor.
Edgar (se levanta, dice adiós
y se va).
Arthur (se acerca al a rosa, que la
camarera ha puesto en un florero):
El ha sido el noble donante, y yo
soy el burdo egoísta. ¿Verdad
que la franqueza es simpática?
(Huele la rosa.) ¡Qué
fragancia tan dulce!
La camarera (sonríe divertida):
No son los hombres atentos los que
impresionan a las mujeres. Miramos
con respeto a los desatentos. Nos
gustan los ocupados, los absorbidos
por algo. (A Arthur:) has venido sólo
para comer hasta hartarte. ¿Qué
hay detrás de esta frente?
(Lo acaricia).
Arthur: No me consideras insensible.
La camarera: ¡No! Tus ojos te
traicionan con demasiada claridad.
Solamente finges ser superficial.
Conoces el sufrimiento, por eso me
inspiras cariño.
Arthur: A partir de ahora te saludaré
inclinándome. La rosa que te
ha regalado ese señor es bella.
La camarera: Por desgracia no me las
has dado tú.
Arthur: Yo he entregado la mía
y dependo de eso. La sinceridad obliga,
pero hace feliz. |